Una mañana desperté en casa sintiendo que había regresado de la muerte, cual Lázaro resucitado entre los muertos. Tenía algunas magulladuras y mucha sed. No recuerdo cómo llegué, pero estaba feliz de estar de regreso. Bueno feliz es una palabra que no describe completamente ese sentimiento de encontrar el silencio, los días tranquilos, las horas quietas en especial cuando tratas de recuperarte. Cuidé de mí, de a poco las heridas sanaron, al tiempo que volviera a reconstruir los fragmentos escritos para la revista de actualidad, o bien en caso de haber finalizado esta aventura que trato de narrar a continuación dejar en claro mis nulas posibilidades de realización profesional. . . , en lo que sea que se imaginan; en tal caso habré pescado un resfrío del modo de vida indigente y con ello hacer que mis días terminen en la extrema pobreza, la decadencia moral, y en un sinfín de catástrofes, enfermedades físicas y mentales, para finalmente encontrarme frente a la muerte otra vez. . . .
Pero ese no era mi fin al dirigirme a ti, oh lector. No era lo que buscaba, más bien trataba de librarme de la condenación de acciones propias, o de antepasados. Las posibilidades eran limitadas, pues había sido arrojada a la gran ciudad, Santiago, Buenos Aires, como se llama, al sur del mundo, del continente, sin un peso en los bolsillos, sin amigos, sin trabajo. Sólo poseía vitalidad, fortaleza de espíritu, curiosidad de explorar otras formas de vida. ¿Era acaso poeta?
Haciendo memoria el recuento de los hechos me lleva a la oscura habitación del centro comercial, lugar al que fui llevado por el personal de seguridad. Allí me toqué en la cara con un objeto metálico, para luego comprobar si aún estaba consciente. No querrían arriesgarse, solo darme un susto. Luego me acompañaron a la salida, tomándome de los brazos hasta ver que me alejaba del lugar caminando. Me seguí con la mirada unos metros. Estaba mareada y seguí unas cuadras tambaleándome hasta llegar a la plaza de la Constitución. Allí me tiré en el pasto. Me dolía la cabeza, atardecía, no tenía a quien llamar, a esa hora me percaté tristemente. Había buscado un lugar donde dormir en la librería del centro comercial, y ahora me había quedado sin hogar y sin trabajo. Decidí quedarme un rato más echada en el pasto hasta que llegaran a sacarme los guardias de palacio, no tenía ánimos de pedir ayuda. Comenzaba a anochecer y el frío colmaba los corazones de los transeúntes, se acercaban los primeros vagabundos a sus guaridas. Había cruzado el centro desde el casco histórico hasta Lastarria, me dirigió hacia la posta central. Había un campamento guarecido en la explanada de las torres San Borja, copado de gente en carpas, dispuestos a pasar la noche allí como todas las noches. A ratos me sentaba, aún seguía mareada, y veía a todo ese contingente actuar como en una batalla campal; hacer el paseo, profiriendo incoherencias, como en esos recuerdos de un mal viaje, repetición de palabras y risas, nueva repetición de la frase, sonaba chistoso me di cuenta, me reía porque en el fondo era una conversación, incoherente pero ¿y qué tiene? ? ?, la ropa sucia no impidió el calor, lo acercaba, faltaba la última ronda, luego acurrucarse, esperar la cena.
Comenzaba a pensar que mi situación de calle en ese momento no se comparaba a la de todas estas personas. Ellas no tenían opción, yo sí. Me había distanciado de la familia hace un tiempo, pero aún podía volver. No había regresado de la muerte para volver a arriesgar lo poco que tenía, con todo veía un imperio insalvable entre la ciudad y mi sobrevivencia, entre la familia y yo. Me había enfrentado a las instituciones privadas, engañando a las empresas al contener el vacío de material de contingente ocupando los reductos, las puertas secretas, y por otro lado, había sido empleada asalariada, había logrado alimentarme bien, comprar algunos artículos de lujo, disfrutar. . Ese dinero en la precariedad cotidiana aburguesada tan propiamente santiaguina. Pero ahora, regresó a las calles, no recuerdo haber dormido en la intemperie antes. Sí, en alguna excursión. Casi llegando a la posta central me ataja una voz que se dirige a mí de forma casual, casi familiar. Dije en un principio: solo quiere confundirme. Aún vestía bien, la chica que se acercó a mí inquietaba con sus preguntas, o más bien yo de sus respuestas, sosteniendo en sus manos algunas revistas Predicciones. escogió al azar una página y comenzó su perorata en torno al nirvana. Efectivamente el artículo esotérico hablaba de eso, pero la conexión inesperada fue hacia el grupo de rock, el año 1994 recalcaba. Sus padres se habían separado ese año, ella de alguien, quería saber en el fondo qué debía hacer solo barajando una tras otra las Predicciones, que era de lo que se alimentaba. La conversación con la gitana logró hacer en efecto en algunos de mis sentimientos, adivinar la causa del desastre, sólo preguntas, tirar las revistas como si fueran cartas, consultar, pero sin decir nada en concreto. Ya parecía quererla a distancia. Había tenido amigas como ella. Había una luz incandescente que se sumergía en el abismo de la duda, en el laberinto emocional de la necesidad, sobreviviendo, pero también esperando lo peor. Le convidé de mi vaso de café, tenía que dejarle una ofrenda a cambio, o al menos eso me dio a entender, como si ella al abordarme me hubiera entregado un regalo esa noche, al tocar mis manos al tratar de leer mis líneas, al Ponme de frente a la miseria, y muéstrame cómo tratar de escapar de sus garras. Tienes la A de anarquía aquí me dijo. El halo de suciedad no se pudo desprender por un rato, un halo de fatalidad, de violencia hipócrita tan común en los que habitan esta ciudad hostil, un halo de sosiego nefasto sostenido día tras día. Aun siendo así, habría encontrado la próxima estación fuera del sistema, la estación del olvido y de los que están en contra.
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