viernes, 23 de febrero de 2024

Acerca del chicle


Este ensayo se comenzó a escribir a propósito de varias coincidencias, también llamados accidentes derivados de acciones que podrían calificarse como delictivas. Lo que persiste en él es la escritura, no de las acciones que se describen sino cómo se entrecruzan alrededor de una cosa, o más bien de un concepto. Existe el relato de quién pidió chicles como regalo de amigo secreto, chicles de varios colores, sabores y formas. Con cierto tono sombrío y de obsecuencia, asumo que el tema es algo superfluo, sin embargo, en la simpleza y simulación que contiene la acción de mascar chicle, es donde ponemos el acento, en la médula.

Hablaré del concepto pero también de la acción; del chicle y su mascar. De su simpleza deviene el poco esfuerzo que implica la actividad. Quizás desde la perspectiva fisiológica es una acción compleja, pues implica el trabajo de diferentes músculos, tendones, estímulos y secreciones, pero en lo concreto se presenta como una acción simple, despreocupada, relajada incluso.  

Como práctica cultural y en su performance, se han masticado raíces y hojas para extraer el zumo, el líquido raquídeo de la planta al fundirse y mezclarse con la saliva. Los pueblos andinos mascan hoja de coca como uso medicinal; combate la fatiga, alivia el dolor dental y mejora la digestión (Google).  

Me acuerdo de la molesta sensación de pisar un chicle, o que se te pegue en pelo. No falta quien lo tira al suelo o lo deposita cual distintivo en la cabeza de algún desgraciado. Después de todo, se puede caminar y mascar chicle a la vez, lo cual incluye que suceda lo anteriormente señalado. No hasta hace mucho dejé rastros en cada poste de Santiago centro, muro, banco o tacho de basura con un chicle ya gastado de sabor, y me imaginaba que una muestra de ADN estaría incluida en esa goma de mascar, pensamiento, murmullo condensado, saliva cristalizada; las paredes quedarían impregnadas de este código genético, en caso de destrucción masiva producto del cambio climático o de algún desastre telúrico, atmosférico o nuclear; algo de mí quedaría inscrito en la ciudad, en este botadero de malicia y ostentación, una marca a modo de tag o graffiti.

Me detengo en este punto pues la función de uso del mascar chicle o sustancias ha cambiado. Hasta este momento la acción de caminar no había tenido igual relevancia que la de mascar. Porque no es comer sino masticar, triturar, desmenuzar; lo simulado se origina en la capacidad de fundir elementos como en un emplaste. En el chicle se funden los jugos gástricos, aún así favorece la buena memoria y no pierdes los dientes tan fácilmente. Usar la resina de los árboles con propiedades antisépticas ha sido una práctica común, no así llenar el vacío temporal reventando un globo en la boca.

El mastique en las comidas hace extender el sabor de la carne o del rabanito de acuerdo a la tendencia alimentaria que predomine. Acerca del cambio de mentalidad no tengo más que decir, excepto que pensar está emparentado con el rumiar de las ideas, por ejemplo en un viaje, en un trayecto; estas condensan el silencio, completan el vacío. Podemos concebir nuestra realidad occidental en comparación con la mitología griega, en donde Zeus, tomando la forma de un buey apacentaba en un lugar de ensueño, en el que los pensamientos se unen al escuchar el paso viento e inspiran el rumor entre las hojas. Este rumor placentero, el rumiar  característico de la civilización se plasma en el ruido que incomoda como el pegoteo entre los dientes, el farfullar de una frase antes de decirla, la idea en ciernes, el golpeteo de una acción escurriéndose. 

De los elementos vegetales nada queda originalmente; han sido reemplazados por el sabor artificial a menta o frutas, que refresca la saliva y el aliento. El despertar de la sexualidad va unida a este sabor menta, frutilla o mango, a arándano o eucalipto. Reventar globitos al juntarse en la entrada antes de la tocata; en la adolescencia las luces aún no están ajustadas, si pensamos la vida como un escenario, sin embargo el presente se hace extenso y el futuro lo es todo. Extenso como el aire al aire. Ya de adultos se acorta la distancia de los deseos. 

Chicle y Chile. Las categorías lingüísticas son arbitrarias. Hablando de sustantivos, uno es común y el otro propio. Esto no quiere decir nada, pero, antes que nada, ¿Qué hay de enigmático en este mascar superfluo, sucedáneo, vago y con un sabor evanescente? El chicle pega, une; mascar es tarea de solitarios, vagos, adolescentes, cowboys, prostitutas y público en general. No hay distinción de clase o de género. Es casi una cosa de gustos.

Al examinar con microscopio este valor sinuoso y rutinario de la goma de mascar, al pensar de esta o de otra manera, se me ocurre pensar en la marca bubble-gum y en el personaje de Majin boo de tono rosado. El chicle lleva el nombre del acetato, de los afiches, de la imagen que logra amalgamar lo público y lo privado de forma espeluznante. Y volviendo a la idea del mascar, del mastique, función no menor considerando la imagen del cráneo en el vanitas (vanitatis omnia vanitas), vuelvo a la calavera y de su (alguna) dentadura.

 

 

 

 

 

 


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