martes, 22 de enero de 2019

Escribir no es lo que todos creen. Que solo basta con ponerse manos a la obra y con un poco de inspiración, zaz, inventas un poema. Digo un poema aludiendo a los inicios, a la creación del mundo. No olvidemos que antes existió el vacío. Antes, esos días, meses, años antes de llegado el momento de escribir simplemente no eres nada ni nadie. Quizás una medida desesperada ante tal situación es olvidarse de una vez del asunto de escribir, y dedicar el tiempo a hacer cualquier otra cosa. ¿Por qué alguien quisiera habitar ese espacio próximo al abismo, abriendose paso en la profundidad del océano? Quién quisiera enfrentar sus demonios, quien otro que mis queridos lectores, devoradores y actores sin escenario. Puede ser que sea un hecho que existan tales personas, puede ser incluso que una persona sin hogar las haya imaginado o bien que todas ellas habiten en una librería. Antes del día en que me descubrieran (porque quisiera aclararlo, me dediqué todo este tiempo a infiltrarme en las más oscuras redes de la producción literaria) y no fueron los extraterrestes mis acusadores, sino la empresa a cargo del negocio. En ese momento, encargados de polera negra, lentes oscuros y brazo firme, enviados por los dueños de la librería, me apartaron hacia la puerta de vidrio y en medio de la vitrina y el público circundante me comunicaron la decisión. Me tenía que ir sin más. Al parecer ya no volverían a tolerar comentarios sarcásticos, conversaciones fuera de tono, no volverían a escuchar las réplicas a los nuevos encargados, y todas esas extravagancias que delataban que algo no andaba bien en la tienda. Fue como pasar de un estado de la materia a otro, como diría Lavoisier. Ya no me quedaría en el rinconcito acogedor junto al aparador ordenando por contenidos las diferentes secciones, encarando la falsa ilusión del trabajador explotado, ocupando mi tiempo de forma productiva como cualquier ciudadano a pie, sino que tomaría la forma de los lápices partidos bajo el aparador, sería las páginas en blanco antes de ser impresas y con suerte recuperaría la imagen idealizada de mis lectores, devoradores y actores sin escenario. 

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