domingo, 19 de julio de 2026

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Tenía opciones, no muchas. A contar de ese día habría un cambio. Cristo resucitaba, venció a la muerte. Tenía hambre, le dieron de comer, tenía frío, lo vistieron. Tenía sed, le dieron de beber. Mientras esperaba que esto sucediera, mi abuelo se me acercó cerca de la calle del Congreso, pillándome desprevenida. ¿A dónde vas tan mal vestida? Abuelo es que no he tenido tiempo de cambiarme ropa. Le dije que tenía una entrevista de trabajo para zafar del percance. No muy convencido me dio algo de dinero que recibí de malas ganas. Toma para que te compres chocolates. Estuviste en un round, ¿Quién ganó? Y se rio, siempre reía, hasta cuando era innecesario. Lo más probable que se vaya de lengua y por eso tenía que enmendar mi honor.

Fui al McDonald's más cercano y me compré un café y en la panadería un pan dulce. En la esquina de calle Estado y Huérfanos había una chica que repartía volantes. Le pregunté cuanto ganaba tirando papel de forma inservible que la mayoría de la gente ni siquiera lee. Me dijo que lo hacía por el dinero. Le pagaban muy poco, me di cuenta que lo hacía para no estar en casa, se sentía deprimida. No seguí interrumpiendo su manera de sortear la ola. Tampoco conseguí que me invitara a almorzar. Seguí por las galerías del centro, tenía algunos ahorros de mi último trabajo en la librería, estaban escondidos en mi casillero. Sentía rabia y pena al conectarme con mis recuerdos recientes. Volver al lugar, toparme con los odiosos vendedores de cara pálida y mofletuda, expresión atribuida a la falta de luz solar y al exceso de horas de pie. Me hice el ánimo antes de ver volar una paloma pues antes de las 12 am volarían todos mis enseres incluso lo poco del dinero que me quedaba.

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