Posó la cabeza en sus rodillas, yacía en el suelo mientras el cuadro dejaba entrever los elementos de acceso. Las dimensiones extendidas del lienzo conformaban un paisaje natural hecho de humo y cuerpos simulados, situados dentro de una caja de cristal. A través de la pantalla del monitor, al lado del citófono, el cansancio y la resistencia de los observadores provocaban que contemplar la obra permitiera ver los bordes geológicos de, a su vez, el paisaje exterior de la casita, el taller visto desde fuera digamos. . A pesar de la textura evanescente y la armonía que concentraban sentido y voluntad , la imagen total que se creaba saturaba la vista como si obra y artista era una espiral que encerraba a todos los que podían tener acceso a la obra. Había cierta promiscuidad al exhibir la vida interior, aunque era mera proyección pues la sórdida administración de los consumidores eran los más asiduos a visitar no tan solo la casa pequeña, sino además el edificio de enfrente. Lo habitual era limitar el acceso a las habitaciones, convertidas en cabinas de producción interminables.
Había una puerta por la cual se accedía a la azotea del edificio de hace un momento. Las salidas a la azotea eran reguladas y los habitantes del edificio que rodeaba la casa pequeña no podían establecer comunicación entre ellos. Hubo una época en la que se podía engañar a las guardias y hacer coincidir los horarios de salida justo en el cambio de turno. Los colores del cielo en invierno colmaban de melancolía a los habitantes una vez perdido el contacto físico con sus compañeros. Tener pareja también estaba regulada. La comunicación estaba restringida a mensajes de texto que podían ser chequeados por los observadores. La sofisticación de un programa inasequible todavía para el gobierno del Estado de Aniquilación era la apuesta del joven becado por el Estado Popular de Surcorea.
Se disponían a distraer a sus vigilantes. Se podía abrir y cerrar el paso de ondas electromagnéticas destinadas a convertir sus obras en productos de exportación. El bloqueo de las ondas podía lograrse mediante una aleación de metal escondida tras sus oidos. En las habitaciones colindantes al edificio se escuchaban los gritos del joven marroquí baleado por el gobierno central. En otra habitación una chica belga había hecho añicos las pantallas de los monitores con las herramientas destinadas al trabajo de los residentes. Aunque desde esa fecha el uso de herramientas fue limitado en préstamo por un par de horas, cada cual debía medir sus fuerzas si pretendía salir de su habitación con un proyecto asimilado o requerido por el Estado de Aniquilación. La libertad creativa pasaba a ser parte de los límites de lo desconocido, como quien consigue un peluche en las máquinas tragando monedas del supermercado.
Ella permanecía en la casa pequeña junto al edificio. Parecía inútil cualquier tipo de esfuerzo, porque sabía que llegado el momento del desalojo se custodiarían permanentemente las salidas de los visitantes pues podrían entregar información sobre las personas cerca de las fronteras. Ellos no saldrían del edificio sin el dinero que les adeudaban. La posibilidad del desalojo no se efectuaría si los propietarios no vendían los lienzos y las esculturas en NY. Había cierta posibilidad de que el proyecto funcionara dadas estas condiciones adversas en la medida en que se activara el sistema de transformación de la materia, tal como ella lo había previsto.
El paisaje era creado por una serie de espejos que proyectaban la imagen de una vista del valle central antes de ser habitado por humanos y posterior al período jurásico. No recordaba qué lugar había escaneado del computador, que en definitiva se componía de diferentes ecosistemas terrestres. Un acantilado junto a la montaña, los cerros circundantes y el valle a sus pies, árboles y algunos animales silvestres. ¿Dónde estaba el corazón de la Tierra? se preguntó al salir de la imagen proyectada por la luz refractada. Un resplandor directo a la pupila enceguecida se levantó del suelo en su habitación.
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