sábado, 12 de julio de 2014

Atardecer de cielo en arrebol

Caminaba por Av. de Mayo a las 7.30 cerca del núcleo, rodeando la manzana, cuando encontré a mi contacto en Santiago en un pasaje sin autos. Revolotean en mí las conversaciones de la fauna a pocas calles, que invadía receptáculos o inscribía en las esquinas una mezcla de ira y euforia.
Mi contacto en Santiago no reparaba en detalles acerca del lugar de encuentro. Se abrió paso apenas entre la concurrencia de jugadores de ajedrez que ocupaban el bar a esa hora. Había tableros en casi todas las mesas. Le indicó al señor del mesón que llevara dos copas de vino y me dijo que lo acompañara a la espera de la señal de uno de los observadores del juego. Me preguntó qué me traía aquí a Bs. As, que si era un problema sentimental o un asunto de trabajo. Ni uno ni lo otro. Cogí un cigarrillo. Mediante una frenética exposición de algunos hechos le conté que lo que en realidad buscaba era reencontrarme con mi Dios interior que alguna vez presencié en la continuidad del tiempo y el espacio en especial coordinación, en la visión de aquello que da vida a todo ser, entidad, árboles, plantas, animales, humanos, acciones humanas, máquinas, etc. que en todo caso en ocurre siempre, es “la vida”, pero en ese momento muy especial se reveló ante mí para que yo pudiera darme cuenta de la vida dentro de mi propia existencia, ocurriendo ante mis propios ojos.
-Rita se ha ido, dijo mi interlocutor de sopetón.
No quedaba más que la estructura del departamento que ocupábamos hace un par de semanas. Desde mi ventana podía ver la vereda concurrida de gente a las 6 de la tarde. Esa noche la esperé como todas las noches, pero no volvió. Arreglamos juntas la distribución de los muebles el día anterior. No hubo señales que me hicieran prever la secreta distancia afianzada en un adecuado sistema de sobrevivencia. Con Rita no había recetas ni anticipación a los hechos. Habitualmente procaz en su devenir libélula no aceptaba otra forma de relación que la constante tendencia al vacío sentimental. Los últimos destellos de sol arrebolaron por entonces mi habitación: luces de color rojo y naranjo imprimían el oculto daguerrotipo de la vivencia de alguno de mis antepasados.
Cuantas veces lo había escuchado. Nunca hasta esa vez. En determinado momento sucedía o se veía venir una reacción efímera de profundo dolor. Me acerqué hasta el fondo estrecho en el que solo cabían el frío y una oscura tensión. Tenía conciencia de todo lo que sucedía alrededor. El bar, la gente, Alex mi contacto en Santiago. Las ansias por obtener alguna pista de su ubicación me predisponían a formular preguntas absurdas. Una oleada de fulgor se manifestó cuando el sol arreboló el horizonte: comenzaría la primera guerra mundial, luego la cámara de gases, las visitas a la base lunar. No importaba que las calles estuvieran desiertas; sólo había que caminar y ser parte del particular esfuerzo de las hordas y el bullicio vespertino. Por suerte la noche no tardó en llegar.
Cerca de Pueyrredón se revelaron las enigmáticas frases que proferí a Alex en el bar, y que en cierto modo ya había vivido en un despertar efímero pero intenso: presenciar la continuidad. Lo encontré en un pasaje sin autos. Entré al local donde nos habíamos citado. Fui a mojarme la cara y recordé el tibio pinchazo bajo mi tobillo. Respiré la nube de humo al salir en medio de la descarga eléctrica provocada de sudor y estimulantes. Las ideas se tornaban caminos hexagonales, en frases melódicas pensé en extender y continuar con el instinto que me había llevado a ese estado de cosas, pero en vez de eso retro alimenté la vivencia y decidí caminar por una seudo pradera que aparecía al lado de un edificio abandonado. Llegué luego hasta un dique que daba a un pozo donde el camino se ponía intrincado. Pude encontrar la salida provisoriamente. Desperté a la mañana siguiente al oír correr el agua bajo el dique. 
Alex bebía en la seudo pradera cuando lo divisé. Juntos vimos aproximarse a unos hombres montados a caballo. Me percaté en ese momento: Rita se había ido, estaba cada vez más lejos, sólo quedaba el resplandor de sus ojos como dos estrellas negras brillando en un fondo de luz aciaga. De regreso cerca del terminal de bus, cobijados en el taxi, la despedida de Alex impulsó la unión transformando mi vuelta a casa en oleaje y vértigo. En mi pieza, un rayo de sol trocaba el costado del muro en luz suave y decidida. Gastado el rosa a su lado el gris parecía hermoso.


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