Caminaba por Av.
de Mayo a las 7.30 cerca del núcleo, rodeando la manzana, cuando encontré a mi
contacto en Santiago en un pasaje sin autos. Revolotean en mí las
conversaciones de la fauna a pocas calles, que invadía receptáculos o inscribía
en las esquinas una mezcla de ira y euforia.
Mi contacto en
Santiago no reparaba en detalles acerca del lugar de encuentro. Se abrió paso
apenas entre la concurrencia de jugadores de ajedrez que ocupaban el bar a esa
hora. Había tableros en casi todas las mesas. Le indicó al señor del mesón que
llevara dos copas de vino y me dijo que lo acompañara a la espera de la señal
de uno de los observadores del juego. Me preguntó qué me traía aquí a Bs. As,
que si era un problema sentimental o un asunto de trabajo. Ni uno ni lo
otro. Cogí un cigarrillo. Mediante una frenética exposición de
algunos hechos le conté que lo que en realidad buscaba era reencontrarme con mi
Dios interior que alguna vez presencié en la continuidad del tiempo y el
espacio en especial coordinación, en la visión de aquello que da vida a todo
ser, entidad, árboles, plantas, animales, humanos, acciones humanas, máquinas,
etc. que en todo caso en ocurre siempre, es “la vida”, pero en ese momento muy
especial se reveló ante mí para que yo pudiera darme cuenta de la vida dentro
de mi propia existencia, ocurriendo ante mis propios ojos.
-Rita se ha ido,
dijo mi interlocutor de sopetón.
No quedaba más
que la estructura del departamento que ocupábamos hace un par de semanas. Desde
mi ventana podía ver la vereda concurrida de gente a las 6 de la tarde. Esa
noche la esperé como todas las noches, pero no volvió. Arreglamos juntas la
distribución de los muebles el día anterior. No hubo señales que me hicieran
prever la secreta distancia afianzada en un adecuado sistema de sobrevivencia.
Con Rita no había recetas ni anticipación a los hechos. Habitualmente procaz en
su devenir libélula no aceptaba otra forma de relación que la constante
tendencia al vacío sentimental. Los últimos destellos de sol arrebolaron por
entonces mi habitación: luces de color rojo y naranjo imprimían el oculto
daguerrotipo de la vivencia de alguno de mis antepasados.
Cuantas veces lo
había escuchado. Nunca hasta esa vez. En determinado momento sucedía o se veía
venir una reacción efímera de profundo dolor. Me acerqué hasta el fondo
estrecho en el que solo cabían el frío y una oscura tensión. Tenía conciencia
de todo lo que sucedía alrededor. El bar, la gente, Alex mi contacto en
Santiago. Las ansias por obtener alguna pista de su ubicación me predisponían a
formular preguntas absurdas. Una oleada de fulgor se manifestó cuando el sol
arreboló el horizonte: comenzaría la primera guerra mundial, luego la cámara de
gases, las visitas a la base lunar. No importaba que las calles estuvieran
desiertas; sólo había que caminar y ser parte del particular esfuerzo de las
hordas y el bullicio vespertino. Por suerte la noche no tardó en llegar.
Cerca de
Pueyrredón se revelaron las enigmáticas frases que proferí a Alex en el bar, y
que en cierto modo ya había vivido en un despertar efímero pero intenso:
presenciar la continuidad. Lo encontré en un pasaje sin autos. Entré al local
donde nos habíamos citado. Fui a mojarme la cara y recordé el tibio pinchazo
bajo mi tobillo. Respiré la nube de humo al salir en medio de la descarga
eléctrica provocada de sudor y estimulantes. Las ideas se tornaban caminos
hexagonales, en frases melódicas pensé en extender y continuar con el instinto
que me había llevado a ese estado de cosas, pero en vez de eso retro alimenté
la vivencia y decidí caminar por una seudo pradera que aparecía al lado de un
edificio abandonado. Llegué luego hasta un dique que daba a un pozo donde el
camino se ponía intrincado. Pude encontrar la salida provisoriamente. Desperté
a la mañana siguiente al oír correr el agua bajo el dique.
Alex bebía en la
seudo pradera cuando lo divisé. Juntos vimos aproximarse a unos hombres
montados a caballo. Me percaté en ese momento: Rita se había ido, estaba cada
vez más lejos, sólo quedaba el resplandor de sus ojos como dos estrellas negras
brillando en un fondo de luz aciaga. De regreso cerca del terminal de bus,
cobijados en el taxi, la despedida de Alex impulsó la unión transformando mi
vuelta a casa en oleaje y vértigo. En mi pieza, un rayo de sol trocaba el
costado del muro en luz suave y decidida. Gastado el rosa a su lado el gris
parecía hermoso.
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