sábado, 24 de octubre de 2009

Ruido de maquinas

Cien imágenes por segundo a distancia y la calle frente a su andar sigiloso. Salió a componer una de sus piezas musicales y la idea detrás dando vueltas. Veía a Beatriz en la banqueta del parque, esperando el destello que volcaría en sus palabras. Se detiene. De pronto recordó algo olvidado en un rincón de cierta amplitud de campo.
¿Dónde habían quedado las palabras? El significado oculto de los sueños esa mañana, intensificaba el color del sol en sus párpados: la ansiedad de la búsqueda inefable. Los registros de las cintas repletas de sonidos en aquella labor insistente y corrosiva, pasaban a copar toda su atención como piedras reunidas en un vaso de cristal. Hasta el más superfluo detalle desencadenaba una suspensión en el tiempo. Toda la velada anterior estaba contenida en aquella máquina de cintas, que convertía su respiración en pálido silencio.
Tenía la convicción de haber expuesto su obra frente a un pequeño grupo de amigos. Pero algo había fallado, de eso estaba seguro. Confrontando los hechos, se aferró a la idea que por suerte su amigo Francis tomaba nota de lo sucedido en las sesiones noche tras noche, pues el registro que contenían las cintas se había perdido en la memoria del transmisor:
-Turrr.....sacs, ruuumn zssstum, cala cala calagari, metanminforma, ausruck…. Pummm, lengueta..... Esta máquina ha sido programada para..... operación simultánea.... rastreo de datos...... registros no encontrados......
Stop. Para Francis lo guardado en estas cintas era la reproducción intensificada de los formatos, inventario de palabras hechas de complejos semánticos presurosos, se decía con una convicción plena del estado supremo. Derivado de los posibles efectos de estimulantes sintéticos, la suspensión psíquica interrumpió el silencio en una desesperación latente y sinuosa. -Necesito volver a ese lugar, dijo revisando su libreta y activó el sistema de resolución inmediata.
Algo obstaculizaba el paso de los recuerdos. Caminó por Bilbao hasta Seminario donde se detuvo. Su mirada indicó el palacio Goncourt y se dispuso a tocar el timbre. Observó en la reja el escudo de armas de la familia. Dos leones frente a frente. La cara del mayordomo rompió el sordo eco de sus pasos:
-Buenas tardes Cristoph, ¿está Beatriz en casa?
-Me temo señor, que la señorita Beatriz no podrá atenderlo.
-Digame qué ocurre...
Play. Este mismo palacete albergaba una alegre reunión de jóvenes anoche. Era el cumpleaños de Beatriz. Fumamos y aludimos en la conversación a Kowalski, quien era un personaje muy entendido en la experimentación de frecuencias auditivas. Se decía que oía el movimiento de las olas y podía incluso, en una fórmula, calcular las interferencias producidas por un golpe. Todo un alquimista del sonido, conservaba con él una máquina con la cual realizaba todos sus experimentos. En ese minuto, recordó.
El nombre Kowalski resonó como un zumbido agudo en su cerebro. Tras la puerta se encontraba Beatriz que cantaba un aria en melodrama pop. Sus ojos iridiscentes comunicaban confianza, plenitud. Ante el hallazgo de la máquina del ruido fabricada por Kowalski, la punzante diatriba no se hizo esperar. Efectivamente aquella noche habíamos conversado con el polaco acerca de la magnitud de las frecuencias alcanzadas por esa especie de metralla auditiva. Hay un mensaje, puedo sentirlo, decía ella. La secuencia de ruidos alcanzados pueden formar verdaderas tonalidades, convirtiendo al espectador en viajero, en un nómade, que aunque por un instante puede perder el sentido del rumbo y no hallar más que desiertos y apariciones, sean o no parte de una ilusión, sean o no dirigidas hacia su propia casa, peñasco o flor de agua que es la realidad, dijo Francis con tono certero, descolocando la mirada de sus interlocutores. Beatriz con su voz ofrecía el puente que comunicaba las diminutas moléculas de sonido necesarias. Salieron al parque a ver el amanecer. Quedaba sólo una incógnita por despejar.
¿Qué había pasado entonces la noche del cumpleaños de Beatriz, aquello que persistía enturbiando sus sentidos de abismo incesante? Observó desde lejos el tránsito, mientras Kowalski subía las escaleras del palacete. Encontró envuelto en terciopelo el preciado artefacto, esta vez huyó llevándolo consigo.



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