Cien imágenes por segundo a distancia y la calle frente a su
andar sigiloso. Salió a componer una de sus piezas musicales y la idea detrás
dando vueltas. Veía a Beatriz en la banqueta del parque, esperando el destello
que volcaría en sus palabras. Se detiene. De pronto recordó algo olvidado en un
rincón de cierta amplitud de campo.
¿Dónde habían quedado las palabras? El significado oculto de
los sueños esa mañana, intensificaba el color del sol en sus párpados: la
ansiedad de la búsqueda inefable. Los registros de las cintas repletas de
sonidos en aquella labor insistente y corrosiva, pasaban a copar toda su
atención como piedras reunidas en un vaso de cristal. Hasta el más superfluo
detalle desencadenaba una suspensión en el tiempo. Toda la velada anterior
estaba contenida en aquella máquina de cintas, que convertía su respiración en
pálido silencio.
Tenía la convicción de haber expuesto su obra frente a un
pequeño grupo de amigos. Pero algo había fallado, de eso estaba seguro.
Confrontando los hechos, se aferró a la idea que por suerte su amigo Francis
tomaba nota de lo sucedido en las sesiones noche tras noche, pues el registro
que contenían las cintas se había perdido en la memoria del transmisor:
-Turrr.....sacs, ruuumn zssstum, cala cala calagari,
metanminforma, ausruck…. Pummm, lengueta..... Esta máquina ha sido programada
para..... operación simultánea.... rastreo de datos...... registros no
encontrados......
Stop. Para Francis lo guardado en estas cintas era la
reproducción intensificada de los formatos, inventario de palabras hechas de
complejos semánticos presurosos, se decía con una convicción plena del estado
supremo. Derivado de los posibles efectos de estimulantes sintéticos, la suspensión
psíquica interrumpió el silencio en una desesperación latente y sinuosa. -Necesito
volver a ese lugar, dijo revisando su libreta y activó el sistema de resolución
inmediata.
Algo obstaculizaba el paso de los recuerdos. Caminó por
Bilbao hasta Seminario donde se detuvo. Su mirada indicó el palacio Goncourt y
se dispuso a tocar el timbre. Observó en la reja el escudo de armas de la
familia. Dos leones frente a frente. La cara del mayordomo rompió el sordo eco
de sus pasos:
-Buenas tardes Cristoph, ¿está Beatriz en casa?
-Me temo señor, que la señorita Beatriz no podrá atenderlo.
-Digame qué ocurre...
Play. Este mismo palacete albergaba una alegre reunión de
jóvenes anoche. Era el cumpleaños de Beatriz. Fumamos y aludimos en la
conversación a Kowalski, quien era un personaje muy entendido en la
experimentación de frecuencias auditivas. Se decía que oía el movimiento de las
olas y podía incluso, en una fórmula, calcular las interferencias producidas
por un golpe. Todo un alquimista del sonido, conservaba con él una máquina con
la cual realizaba todos sus experimentos. En ese minuto, recordó.
El nombre Kowalski resonó como un zumbido agudo en su
cerebro. Tras la puerta se encontraba Beatriz que cantaba un aria en melodrama
pop. Sus ojos iridiscentes comunicaban confianza, plenitud. Ante el hallazgo de
la máquina del ruido fabricada por Kowalski, la punzante diatriba no se hizo
esperar. Efectivamente aquella noche habíamos conversado con el polaco acerca
de la magnitud de las frecuencias alcanzadas por esa especie de metralla
auditiva. Hay un mensaje, puedo sentirlo, decía ella. La secuencia de ruidos
alcanzados pueden formar verdaderas tonalidades, convirtiendo al espectador en
viajero, en un nómade, que aunque por un instante puede perder el sentido del
rumbo y no hallar más que desiertos y apariciones, sean o no parte de una
ilusión, sean o no dirigidas hacia su propia casa, peñasco o flor de agua que
es la realidad, dijo Francis con tono certero, descolocando la mirada de sus
interlocutores. Beatriz con su voz ofrecía el puente que comunicaba las
diminutas moléculas de sonido necesarias. Salieron al parque a ver el amanecer.
Quedaba sólo una incógnita por despejar.
¿Qué había pasado entonces la noche del cumpleaños de
Beatriz, aquello que persistía enturbiando sus sentidos de abismo incesante?
Observó desde lejos el tránsito, mientras Kowalski subía las escaleras del
palacete. Encontró envuelto en terciopelo el preciado artefacto, esta vez huyó
llevándolo consigo.
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